Quiero no pensar en Tadzio. Es imposible. Semanas después vuelvo a mirar el grupo de WhatsApp de la convención. Nada sorprendente, las cosas andan. Soy el único que no participa en nada de lo que hacen. En nada. Es tarde para sumarme a los proyectos. Tampoco tengo qué proponer. Me salgo del grupo. Espero que Tadzio me escriba de vuelta. Nadie dice nada. Decido escribirle al privado:
—Pablo ¿Qué tal? ¿Podría hablarte, aunque no sea martes?
A pesar de estar en línea, Tadzio contesta el mensaje treinta minutos después:
—Cuéntame.
Escribo y borro muchas veces:
—Quiero darte una disculpa por salirme del grupo.
—Ok.
—Disculpa.
—Ok.
Escribo enfurecido “Cacorro de mierda, métete tu grupo por donde te gusta”, pero lo borro inmediatamente. Casi desactivo Grindr del teléfono. Respiro, me contengo y mi emoción se eclipsa: llega un nuevo mensaje de Solo Morbo Virtual:
—Ojalá por lo menos me leyeras.
El revolcón de emociones me genera náuseas. Tan Odi et amo, tan difícil todo. Tadzio arroja palabras al muro de silencio que construí. Reviso sus mensajes fisuradores tan difíciles de ignorar. Son muchos. Canciones, poemas, fotos porno, selfies, atuendos, almuerzos, audios en los que me pregunta, llorando, por qué me había alejado. Este Tadzio no lo imagino. Su vulnerabilidad me conmueve. Le respondo:
—Te leí.
Solo Morbo Virtual contesta casi que inmediatamente:
—¿Y volverás a dejarme en visto?
—…
—Ay, no...
—Ponte el bañador.
Pasan tres minutos. Tadzio responde con una foto en la que está encima de la cama, junto a la ropa que se acaba de quitar, con el bañador puesto.
—Qué deli…
—Manda tú.
Me pongo los suspensorios sin usar la cinta ni mandarme el pene para atrás y le envío una foto. Solo Morbo Virtual se demora, pero contesta:
—¿Me vas a cobrar por tragarme todo eso?
—Tal vez.
—Quiero que me comas…
—Acércate.
—¡Ay! Despacio…
—Abre las piernas.
—Más lengua, sí.
—…
—…
—¡Me asfixias!
—Sorry.
—Sigue.
—…
—…
—Un dedo primero...así.
—…
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