Miércoles, cuatro de la tarde. Mi teléfono está a punto de estallar. Vibra, suena, alumbra, se descarga. Huracanes de notificaciones, entrevistas, viajes, invitaciones, colaboraciones. Nuevos seguidores en Instagram, Facebook y Twitter. Me han invitado a la Convención de letras de las Américas que tratará sobre las conexiones entre literatura y tecnología. Voy rumbo a la hirviente Tegucigalpa. Aún faltan unos cuantos días para el evento, pero me espera Omar, un hondureño que conocí hace unos meses en Bogotá. Serán mis ojos de turista, pero todo en Centroamérica me encanta: los acentos, los colores, el mar, los ríos, los volcanes, la comida, la gente, el humor, la fiesta… me quedaría a vivir en la Isla de Flores, entre hippies, extranjeros e indígenas.
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El hotel no está mal y menos aún la fauna circundante. En Grindr, me fijo en un perfil que tiene de foto un abdomen blanquísimo y contorneado, se llama “Solo Morbo Virtual” y aparece a 25 metros de distancia. ¿Será muy temprano para enviarle un Tap?
Decido recorrer el hotel para no quedarme dormido mientras espero a Omar. Es mediodía de sol achicharrante y humedad extrema, pero la piscina resulta irresistible. En el restaurante no tenían agua en botella, pero me indicaron un lugar junto al lobby cuya frescura me pareció perfecta para esperar, aunque esperar no es lo mío, pero el tiempo pasa entre el ronroneo de motores lujosos que vuelan sobre las calles soleadas y los huéspedes que entran y salen, en realidad, más bien pocos. Uno de ellos llama mi atención: baja las escaleras y camina justo hacia donde estoy sentado. Es alto y angelical: blanquísimo, con una cabellera rubia y ondulada perfectamente desarreglada, vestido de beige, con una computadora portátil bajo el brazo. Me recuerda a Tadzio, un hombre así bien vale una muerte en Venecia. Mientras camina hacia a mí, Tadzio no me quita la mirada de encima; se sienta en frente mío, en otro gran sofá. No puedo sostenerle la mirada. Finjo revisar mi celular mientras él abre la computadora sobre sus piernas y se sumerge (por fin) en ella.
No sé si me alegra la llegada de Omar, aunque me sigue pareciendo apuesto, como cuando nos fuimos de fiesta y bailamos todo y comimos todo y fumamos todo, en el viaje que hicimos en carro hasta el Cabo de la Vela. Siento la mirada de Tadzio tras de mí mientras me dirijo a la camioneta roja de Omar.
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