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Con-tacto en pandemia

 


Hace seis meses no salgo de la casa. Seis meses en los que no voy de fiesta, ni me doy besos con desconocidas, ni borro casete, ni viajo, ni nada de nada. Seis meses en los que extraño dramatizar detalladamente escenas de series de Netflix con mis amigos. Siento que el mundo nos quiere separar.

En casa todos estamos, en cualquier rincón, sumergidos en el teléfono, convertidos en roommates, cada uno en lo suyo. Personalizamos el ocio. Utilizamos el teléfono como cámara, afinador, curso de inglés, agenda, podómetro, gimnasio, televisor, alarma, rockola, cuenco de meditación, supermercado y ventana indiscreta.

Seguimos estudiando y trabajando, pero todo virtual: hasta la misa la vemos por YouTube. Estamos llenos de actividades recreativas virtuales; hemos preparado pizza, jugamos bingo por Zoom, hasta nos alineamos con yoga por Meet. Si Orwell nos viera… aquí tienen el Gran Hermano: conversaciones sin “buenos días” ni “buenas noches” transcurren a temporalidades que no requieren la rigurosidad del ahora para contestar; otras sí, como el grupo de WhatsApp de mi familia, donde escribimos cuando la comida está lista, o cuando huele a quemado para que el responsable desactive la falsa alarma y nadie tenga que despegarse del computador. Allí también hacemos la lista de la compra y dirimimos los conflictos, aunque para eso son más apropiadas las notas de voz.

Para desahogarme creé otro grupo en el que estoy con mis amigos. Mis amigos también se sienten solos y abandonados, basta ver los estados que comparten por WhatsApp: uno sube videos cortos mientras está en el baño (reconozco la pared) cantando, con un pésimo inglés, canciones de pop; otra sube fotos de las servilletas engrasadas del salchipapa que cenó; otro repostea sus tweets cortavenas mientras pide que lo sigan. Yo no les digo lo que en realidad pienso porque a veces también comparto cosas así, pero les contesto con stickers chistosos que hice de nosotros con fotos del pasado, lo que desemboca un gran intercambio de stickers de todo tipo. Los últimos fueron de Lenin en cientos de poses ridículas.

También nos hemos obsesionado con los juegos en línea. Competimos entre nosotros y también con quienes nos sugiere la app. En esas, chateé con una mexicana jugando Scrabble. Ella tiene una agencia de viajes que obviamente está detenida por toda esta locura global, sin embargo, parece estar siempre muy alegre. Me envía audios de las canciones que escucha, siento que me está insinuando que cuando todo esto termine, me vaya para Monterrey. No sé, una cosa es lo que pasa ahora, como estamos, pero como diría la canción, yo no sé mañana. Quizá lo que quiere es hacer negocios y venderme algún paquete de viajes y yo como un bobo enamorándome de avatares.

En realidad me da miedo salir. No puedo planear nada ahora. Aunque no hablemos en casa, pasar todo esto sin mi familia sería peor. Sé que no me bastaría con leer sus mensajes y los de mis amigos, aunque si estuviera lejos, quizá nos escribiríamos más…

Qué miedo la calle, la gente, estornudar. ¿Perderemos el miedo a abrazar? ¿Jugar en línea será la nueva cita?


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