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Tadzio tardío 17

 

Dos chicos después de Polo y de caminar “como Helena” alrededor del hotel y sentirme tranquila, recibo la serena mirada de las personas. Siento ese humilde gesto como señal de aprobación. Por fin le escribo a Tadzio. Él pensó que ya no vendría. En dos días se va. En dos horas llego a tu hotel, le dije. No tuve mucho tiempo para treparme. Me puse una falda de jean, una camisa azul y una peluca rubia. Tadzio jamás imaginaría que este tierno cutis esconde mi barba pelirroja.

El trayecto es corto, sin embargo, voy en uno de los taxis del hotel, por si debo escapar. Escapar, qué dramática. No estoy segura de lo que hago. Tengo la boca seca. El taxi parquea en la esquina del hotel de Tadzio. Cierro los ojos, respiro profundo, repetidamente, durante unos minutos. Antes de abrir los ojos le pido al chofer que, si pasan treinta minutos y no salgo, se vaya. Salgo del auto, me enderezo, miro a ambas direcciones y contoneo mis caderas, cruzo la calle, cada paso más cerca de mi muerte en Venecia.

Antes de llegar al hotel veo salir a la esposa de Tadzio, camina rápidamente hacia mí. Al pasar a mi lado se queda viéndome, seguro que mi rostro se le hace ligeramente familiar, pero sigue andando sin bajar el ritmo.

Camino. Unos tipos me preguntan dónde queda un lugar, me asusto, guardo el teléfono y no les contesto. Me devuelvo al taxi. Le pido al conductor que se parquee en frente de la puerta del hotel. Le escribo a Tadzio que estoy afuera, que salga por mí. Tadzio no contesta, pero al minuto lo veo agitado en la puerta, buscándome, mirando hacia todas las direcciones. Me escribe compulsivamente, corre, de esquina a esquina. Resignado, se detiene, se agarra el abdomen como si tuviera un retortijón y se sienta en las escaleras del hotel, riega sus crecientes rizos dorados sobre sus rodillas y parece que llora. Quiero ir a abrazarlo. Quito el seguro de la puerta y cuando mi tacón pisa el asfalto, veo que la esposa de Tadzio se acerca, mira extrañada a su esposo, como confirmando que sea él. Conforme se acerca ella, cierro la puerta del taxi con fuerza para que me miren. En efecto, me miran. Tadzio se pone de pie. Le pido al chofer que arranque. Por el espejo retrovisor se ve cada vez más pequeño.

FIN


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