Al día siguiente no hablamos. Y al siguiente tampoco. Por lo general, Tadzio escribe mucho, pregunta cosas, me cuenta lo que hace. Este giro en su comportamiento es raro. Tal vez la mujer que lo acompaña empieza a apretar, exige exclusividad. Le escribo a Tadzio:
—¿Está todo bien?
Solo Morbo Virtual contesta a los pocos minutos:
—Buenos días, hermosa. No he dejado de pensar en lo del otro día.
—Yo tampoco. Me haces falta.
—Pero pasa algo…
Temo que me diga lo de su matrimonio:
—¿Qué pasa?
—Quiero verte…
—¿Ahora? Estoy en un break del trabajo…
—Quiero verte físicamente. Quiero tocarte.
Espero unos minutos. No sé qué responder. Le sigo la corriente:
—¿Y dónde nos vemos?
—Vámonos a Tailandia, o a Brasil. O puedo visitarte.
—¿Estás loco? Dame más opciones.
—En Argentina tienen Ley de identidad de género. Allí no te molestarían.
—¿Ley de qué? Siempre he querido ir a Buenos Aires.
—¡No se diga más!
—Me gustaría verte algún día, aunque te decepcionaría.
—¿Por qué dices eso?
—No soy lo que buscas…
—¿Qué busco?
—Mmm, no sé, una mujer, o al menos que parezca mujer… la verdad no sé.
—¿Qué buscas tú?
—Ay, no me enredes…
Tadzio escribe compulsivamente. Me estresa la conversación. Silencio las notificaciones de Grindr y me acuesto a dormir. Leo los mensajes de Tadzio al despertar. Me pregunta mi nombre completo, número de documento y de pasaporte. Es imposible enviarle esa información. Se me ocurre un drama para irme por la tangente:
—O sea, tú sabrás mi nombre y yo no puedo saber el tuyo.
—Pablo Innecken, a tus órdenes. ¿Me das tu nombre jurídico?
Maldije. Tanta realidad es peligrosa.
—Yo puedo comprar mis propios tiquetes.
—No lo dudo, pero quiero complacerte.
—Pues no me complaces mucho.
—¿Sabes? Hoy tú tampoco a mí. Bye.
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