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24/7

 


Pongo en YouTube la canción Kiss de Prince y visualizo la casa de mi bisabuela. Veo a mi tía bailando y cantando en la sala esta canción mientras hace oficio. Cuando la casa quedaba reluciente, mi tía se sentaba en frente de su computador y chateaba por msn. No sé con quién chateaba, o en qué páginas, pero sé que ella conoció al amor de su vida, mi tío, por una página de chat. Una vez se conocieron, dejaron las páginas de chat, herramientas transitorias que filtraron las coincidencias hasta encontrar lo que querían, se encontraron y han pasado más de quince años juntos. “Lo más importante con las tecnologías no es lo que pasa dentro de ellas, sino afuera”, dice Scolari.

Ahora las parejas hacen acuerdos sobre el modo de mostrarse en las redes sociales. Algunas, por ejemplo, a pesar de vivir y permanecer todo el tiempo juntas, también interactúan en las redes: se dedican canciones, se etiquetan en memes, vuelven público un momento jocoso del desayuno, en fin. En otras parejas hay “permiso” de usar aplicaciones como Grindr o Tinder. Incluso “parejas” es un término muy anticuado para la contemporaneidad, podríamos hablar más bien de “vínculos”, la palabra de moda, que no limita el espectro a dos, al binario, al complemento.

Hoy en día está bien pensar en acuerdos, límites y otras transgresiones dentro de una relación, además, la presión mediática-social de ser cool y estar a la moda nos lleva a mostrarnos más experimentones, más abiertos, más felices de lo que realmente somos. Parecemos eternos simulacros buscando que la realidad nos cuadre con el libreto de los sueños que prefabricamos o nos prefabricaron.

Quizá por eso pienso tanto en la relación entre mis tíos. Porque usaron el medio que tenían a la mano como una transacción en la que ambos ganaron. En muchas fotos familiares no están sonriendo ni posando para la cámara, sino besándose. Podría hacer un top 5 de las mejores fotos. Están muy presentes en el Facebook de su pareja. Se comentan todo, salen juntos en sus fotos de perfil y los hijos se relacionan de la misma forma: parejas monógamas, heterosexuales, estables, duraderas, felices para siempre, que se comentan todo en Facebook. Una absoluta obediencia frente al modelo propuesto en casa, en las casas. Esto es un paradigma socio-cultural. Se usan los medios actuales para obtener formas de relacionarse que no estén vinculadas a las formas del amor líquido del presente, pues su deseo máximo es quizá anticuado, el inculcado por las madres, abuelas y bisabuelas, el de una familia al estilo tradicional, estable y duradera, que limpie el linaje, sane las frustraciones y demuestre que sí se puede, que es real el final feliz, que se merece el final feliz.

Lo contemporáneo desconfía del final feliz, escapa por los destellos que salen de sus fisuras, por la individualidad, porque va adquiriendo mayor fuerza el ahora que el mañana y así todas las estructuras van fragmentándose, toman una nueva resignificación/apropiación de las categorías, de los deseos y las formas de enunciar los vínculos emocionales, afectivos, relacionales y sexuales. Desconfiamos de la eterna sonrisa, de las publicaciones siempre de vacaciones, pero, al mismo tiempo, también quisiéramos un final feliz.


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