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Limitar, o más bien optimizar el tiempo y el uso de las redes sociales, paradójicamente, se está convirtiendo en una tendencia. El negocio del cuidado en internet, primero inocula la enfermedad y después nos vende la cura. 

Lo cierto es que nada nos satisface: somos lo que criticamos, criticamos lo que somos. Publicamos por publicar, miramos compulsivamente quiénes han visto nuestras historias, esperamos que alguien las mire, pocos nos escriben y a pocos escribimos, pocos corazones ponemos y pocos nos ponen corazones, jamás una foto nuestra ha llegado a los 100 likes. Solo nos paran bolas cuando nos sacamos selfies sin camiseta, raras veces las interacciones se convierten en una conversación constante, física, emocionante.

¿No es evidente la soledad intrínseca en la forma en que nos relacionamos en las redes sociales? Siempre queriendo retener el instante, inmortalizarlo, recordándonos lo que recordamos, reposteando nuestros recuerdos, pensamientos y estados. No sabemos de qué queremos dar constancia, pero la damos. ¿A quién queremos convencer?

Agarramos el teléfono compulsivamente. Nadie ruge. Nadie habla. Nadie dice nada. Sin embargo, miramos otra vez el teléfono, hurgamos por aquí y por allá, entre aplicaciones. Queremos likes, pero no pedirlos. Queremos amigos, pero no seguirlos. Queremos contactos, pero no virtuales. No tenemos mayor cosa para mostrar. No ganamos plata por Instagram. No le estamos cambiando la vida a nadie. Podemos tener activa una cuenta de Facebook o no tenerla y todo seguiría igual. Seguiríamos oyendo música, trabajando, escribiendo, desactivando los sonidos del celular por la noche, leyendo, extrañando.

Tal vez no nos vamos del todo de las redes sociales porque nos da miedo que nos olviden. Porque hemos encontrado el perfil de nuestros padres ausentes y ese se convierte en el único vínculo que tenemos, porque así pretendemos estar presentes en la vida de los demás, porque entre ser y estar, mejor estar, porque la idea de ser invisibles nos perturba.


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