Llego tarde a la inauguración del evento. Pensaba llegar incluso más tarde porque apenas iba a desayunar, pero al pasar por el auditorio veo por la ventanilla de la puerta que Tadzio está dando las palabras de bienvenida. Viste una camisa azul aguamarina ceñida y un pantalón corto gris. Luce sencillo, pero sofisticado, en combinación perfecta con sus resplandecientes rizos dorados.
Entro al salón muerto de hambre. Sólo hay una silla vacía. Para mi desgracia, lleva mi nombre escrito. Jamás imaginé que Tadzio fuera quien me invitó meses atrás por correo electrónico. Para más inri, Tadzio interrumpe su discurso para darme la bienvenida. Dice al resto de invitados: Como muchos de ustedes, conocí a Alessandro primero por su blog que por sus libros. Muchos, entre quienes me encuentro, piensan que su verdadera obra está allí. No estoy seguro de si el comentario es elogioso o irónico. Tadzio prosigue con la presentación de la agenda, de las charlas y los eventos.
El aire acondicionado parece dañado. Siento más calor adentro que afuera. Los demás participantes están adormecidos, con cara de enguayabados, algunos se ventilan con la agenda que dieron de regalo. Mis tripas rugen. Disimulo el hambre tomando café de la greca. No conozco a nadie, no he leído a ninguno de los otros invitados y dudo que alguien más, además del coordinador, me haya leído. Mi presentación no será hasta el tercer día. Entre tanto, debo asistir, como en una sociedad del mutuo halago, a las presentaciones de los demás: escritores, editores, fanáticos de la literatura y geeks de la tecnología.
No está del todo mal. Me emociona escuchar a una escritora chapina que habla de su adaptación de clásicos de la literatura a videojuegos. El mejor está basado en El gato negro de Allan Poe: el jugador atraviesa cavernas, trampas y cementerios, gana puntos cada vez que mata a algún espectro. Cuando se aproxima al gato suenan latidos, verdaderamente tenebroso.
Muy distintas fueron las presentaciones de los geeks, llenas de términos técnicos que aburren hasta la muerte, y no sólo a mí. Varios de los otros asistentes no pueden, o no quieren, reprimir sus bostezos y cabeceos. Para no quedarme dormido saco mi teléfono y activo Grindr. Reconozco a dos de la conferencia que no son de mi tipo, así que, para evitar rollos, los bloqueo. Nuevamente encuentro el perfil de “Solo Morbo Virtual”. Dice que está a dos metros de distancia. ¡Dos metros! Con energía repentina, le envío un Tap. Tadzio saca su teléfono del bolsillo, hace un barrido panorámico por la conferencia hasta llegar a mí. Guarda el celular, sin dejar de sostenerme la mirada hasta que la chica que siempre está junto a él en la conferencia lo interrumpe para mostrarle algo en su teléfono.
Las miradas del lobby pasan a ser miradas en la conferencia, en el restaurante, en la piscina. Trato de hablarle algunas veces, en privado, pero Tadzio siempre está con esa mujer. Las únicas veces que cruzamos algunas palabras es en presencia de otros, en esos pequeños grupos que se forman a la hora de los descansos, cuando se estiran las piernas y se fuma un cigarrillo. También hablamos un par de veces por las noches, cuando las copas son bendecidas por el mismísimo Dionisio. Esta noche habrá conferencia bailable sobre Augusto Monterroso.
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