A ratos, Tegucigalpa parece un laberinto. Omar y yo vamos a comer baleadas en un puesto callejero y luego a recorrer la ciudad. Siempre me ha gustado registrar los nombres de lugares que me parecen graciosos o que no entiendo porque traen ecos de una lengua que no compartimos: Descombros, Olvido mandador, Presa vieja de Cortés, El ignorado, El Cutuco, Tibombo, Zopilotepe, La Guasalona… Pregunto a Omar por los monumentos que nos cruzamos, pero ninguno le dice nada. Tampoco sabe dónde quedan los sitios emblemáticos que reseña Wikipedia. Eso sí, luego de pedirme que suba el vidrio por seguridad, me habla hasta los codos de la maravillosa marihuana purple que cultiva en su huerta y que muy generosamente me invita a probar en su apartamento.
Tomamos unas cervezas y me quedo dormido. A los treinta minutos, suena la alarma de un carro y despierto bañado en sudor. Me doy una ducha fría, Omar me presta una camiseta limpia y volvemos a la camioneta. Es un alivio que a él no le importe ir en silencio. Nos detenemos en un bar que tiene las mesas afuera. Nos sentamos en una de ellas y Omar invita muchas rondas de cervezas. Es agosto, pero suena música de diciembre: cumbias, Pastor López, chucu chucu y algunos reggaetones viejos. Según me cuenta después, Omar me llevó al hotel a las dos de la mañana. No imagino cómo subí las escaleras, quizá haciendo uso de las cuatro extremidades.
Despierto desnudo en mi habitación. Once de la mañana. La ropa tirada en el piso. Cuando pido algo para el guayabo, en vez de aspirina me traen gazpacho. Mientras me recupero del día anterior, leo en la cama cuentos de Rubem Fonseca. El calor me obliga a tomar una ducha. A la tarde, se repite el recorrido y cada tarde esta semana será igual a la anterior: almuerzo en la calle, porros, sexo y cervezas hasta el fin. En la mañana, resaca con gazpacho. Cada día, en el corto trayecto hacia la camioneta de Omar, observo a Tadzio en la misma esquina del lobby, escondiendo su mirada escaneadora detrás de la computadora portátil.
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