5.000 amigos tuvo Guillermo en Facebook. Uno de ellos fue un contacto con el que sexteaba por Manhunt. Le gustaban los tipos jóvenes, serios, gordos y lampiños. Les invitaba una hamburguesa callejera en la calle 63. Después, se llenaban de Club Colombia negra y canciones de Rocío Dúrcal en el Perro y la Calandria. Por lo general todo salía bien. Se entregaba a algún muchacho hasta el alba y después de desayunar, el chico se iba. La rutina se repetía por lo menos una vez a la semana, siempre con un chico diferente.
Primero chateaban en Manhunt, después pasaban a Facebook, el filtro mayor. Ahí hurgaba hasta la primera foto publicada. Este nuevo amigo parecía feminista, culto, libertario. Se fijaba mucho en las redes sociales.
Guillermo compartía mucha información, documentaba su diario vivir: publicaba lo que almorzaba, se tomaba selfies en bares, exhibía cada detalle de sus viajes: en el avión, el aterrizaje, cuando llegaba al hotel. Todos sabían que su vida era el activismo y sus seguidores asistían con él a la piscina, a la playa, al coctel de bienvenida. De milagro no compartía el momento de ir a defecar.
Siempre salía solo en las fotos. A veces mostraba su cuerpo contorneado por una adolescencia de bailarín. Le subían el ánimo los likes y los comentarios celebrativos de la gente. Esa era su forma de interactuar con sus amigos. Le dolía cuando lo borraban de Facebook, pues a diario, como un acto reflejo, revisaba una aplicación que le avisaba quién lo había eliminado.
Confiado en sus juicios de psicoanalista virtual, diagnosticaba a sus contactos con base en sus publicaciones. Veía sus casas, detrás de la selfie, su contexto: la cama sin tender, la loza sin lavar, el manchón en la pared. Si encontraba, por ejemplo, que alguien tenía un afiche de Uribe en su cuarto, inmediatamente lo borraba. Se metía en otro perfil, en otro y en otro, hasta que concretaba algún encuentro.
El nuevo amigo, que había pasado todos los filtros, aceptó su invitación de domingo. Llegó al apartamento de Guillermo a las tres de la tarde con tres six pack de Club Colombia negra. Era un tipo “serio”. Sudaba mucho, parecía nervioso. El invitado preguntó si podía invitar a otros amigos que estaban cerca.
El nuevo amigo salió en búsqueda de sus otros amigos. Guillermo alistó todo en la habitación. La tarde prometía una “swinger party”. Se tomó dos cervezas en lo que llegaban los demás. Dudó que volvieran y cuando estuvo a punto de enviarle un mensaje al Facebook al gordito, timbraron. De todas formas, alcanzó a invitar a una amiga, pero no se fijó en la respuesta de ella.
Bebieron rápidamente. Hablaban, pero poco. El chico gordo seguía sudando, mientras que los otros tres, que eran muy jóvenes, poco a poco fueron soltándose. Se acercaban a Guillermo, que había sacado una botella de aguardiente y los invitaba a bailar. Uno de los amigos rechazó la propuesta de bailar, pero, al insistir, recibió un golpe seco en el abdomen. Como una coreografía, todos los amigos lo botaron al suelo y mientras unos le daban puños y patadas, otros llenaban bolsas de basura y maletas con ropa y electrodomésticos. En pocos minutos le quitan la vida.
Guillermo tuvo muchos amantes. Fue musa e inspiración, pues hasta le escribieron un poema en la antología homoerótica La palabra en boca de Eros.
Muchos amantes, pero pocos amigos. Solitaria carnada, expuesto anfitrión del deseo, simulacro facebookiano, obsesión patriarca de penetrar, que vuelve cada interacción virtual una insinuación, una doble intención.
A los cuatro tipos los agarró la policía y están en la cárcel. A Guillermo todavía lo lloran sus amantes. El día de su cumpleaños, siempre comparten en Facebook nostálgicos recuerdos de él en el Perro y la Calandria, agitando su cerveza, embriagándose de jovencitos.
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