Cada sábado, 3:00 p.m. en Bogotá, 11:00 p.m. en Estambul, dos mejores amigos se videollaman por Zoom, beben una botella de vino rosé y, mientras se cuentan el día a día, juegan ajedrez en línea. Ambos se obsesionaron con el juego después de ver Gambito de dama en el primer año de la pandemia.
El amigo en Estambul fue el de la idea. Se preparó: descargó manuales en PDF y vio algunos tutoriales en YouTube de jugadas, trucos, jaques. Entendió para qué era el enroque. El amigo en Bogotá jugaba contra su madre y su tío cuando era niño.
En ese primer encuentro en línea, el amigo de Bogotá ganó tres veces seguidas. Veinte años sin jugar le hicieron concluir que, como montar bicicleta o armar un cigarrillo, jugar ajedrez, jamás se olvida. El amigo de Estambul le echó la culpa a los vinos previos con sus roommates, que tal vez sí tenían la culpa, porque en el siguiente encuentro, ganó en las dos partidas que alcanzaron.
Juegan oficialmente los sábados, ya lo dijimos, pero entre semana se dan dos o tres partidas, “rápidos sincronizados” que llaman. Estos surgen espontáneamente, esperando para ser atendidos por el odontólogo, o en una fila muy larga del supermercado, o en esas madrugadas de insomnio en las que al hablar/chatear al otro lado del mundo obtienes respuesta, pues allá no están durmiendo.
Estar lejos y cerca. Cerca y lejos. Como diría Jarabe de Palo: agua y sed. Las amistades de la cotidianidad están prohibidas, las amistades que te abrazaban y te besaban ahora te saludan de lejos, con los ojos, no podemos pensar en el otro como una posibilidad de encuentro e interacción sino con duda y miedo, ausencia de serotonina. No es que la pandemia y la obligatoriedad del encierro, hayan impuesto esta hiperconectividad/dependencia de los dispositivos/universos electrónicos. Aceptemos que, como diría el poeta José Watanabe “el fuego ya estaba allí, tenso y contenido bajo la corteza”.
La tecnología nos conecta y desconecta, nos permite viajar en el tiempo, hablar con el futuro, nos teletransporta. Metafísica mística. Así sean treinta minutos, una hora, una partida rápida, reconforta interactuar, así sea por una nota de voz de WhatsApp, contacto sin tacto, viaje por el tiempo y el espacio, conexión transatlántica de los amigos que vuelven a tener tanta cotidianidad como años atrás cuando se veían todos los días en el colegio, ya no en clase, ya no jugando béisbol pero jugando, ya sin hacer tareas pero trabajando en cosas a veces parecidas; anhelando el momento del ajedrez en línea, tirados en el sillón de la sala, o en la cama para la siesta de la tarde, responden a cualquier hora la vibración de la amistad.
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