Ir al contenido principal

Si Dios diera Ctrl Alt Spr

 

Imagine que un grupo de hackers logra bloquear internet. Imagine que despierta, estira el brazo, toma el smartphone (no necesita mirar para encontrarlo) y éste sólo sirve para hacer llamadas, como si se tratara del teléfono de disco de la abuela. No funciona WhatsApp, ni Facebook, ni Instagram. No funciona Twitter, ni Telegram.

¿A quién llamaría primero? ¿A Claro? ¿A Movistar? ¿A la policía? Mejor a sus amigos (¿cómo saber quiénes son sus amigos sin Facebook?).  Mientras se decide, suena el teléfono. Uno de sus amigos, al borde del colapso nervioso, lo llama para asegurarse de que no es el único ser incomunicado en el mundo.

No cesa de preguntarse dónde se informa y twittea lo que ocurre, cómo ver las historias y estados de los demás, ¿convendrá grabar videos y, cuando se arregle la falla técnica, publicarlos a destiempo? Seguro saldrá en las noticias de última hora, en todos los canales: se reportarán casos de personas ansiosas, de accidentes de tránsito por el caos des-informático. Se organizarán plantones y marchas para que restablezcan los servicios, se quemarán las sucursales de Google, denunciarán que se está violando el derecho a la libertad de expresión.

¿Qué hará ese día?

Quizá no se arriesgue a llamar a quienes stalkea. Habrá quien se sienta más tranquilo, presente, en el aquí y el ahora (o al menos eso dirá a los demás para disimular la ansiedad). Poco a poco reinventará (¿o recuperará?) la comunicación con el mundo exterior: comprará ropa no sugerida por algún algoritmo, escribirá en las paredes de los baños, en las mesas de los restaurantes, pondrá anuncios en el periódico, correrá con sus perros en vez de fotografiarlos, cocinará sin ayuda de tutoriales de chefs.

Casi sin darse cuenta, comenzará a dormir mejor, a fijar la atención en eventos de duración mayor a cinco minutos. Es un mundo sin notificaciones. Imagine que no las extraña. Imagine que no las busca en su teléfono.



Comentarios

Entradas populares de este blog

Con-tacto en pandemia

  Hace seis meses no salgo de la casa. Seis meses en los que no voy de fiesta, ni me doy besos con desconocidas, ni borro casete, ni viajo, ni nada de nada. Seis meses en los que extraño dramatizar detalladamente escenas de series de Netflix con mis amigos. Siento que el mundo nos quiere separar. En casa todos estamos, en cualquier rincón, sumergidos en el teléfono , convertidos en roommates, cada uno en lo suyo. Personalizamos el ocio. Utilizamos el teléfono como cámara, afinador, curso de inglés, agenda, podómetro, gimnasio, televisor, alarma, rockola, cuenco de meditación, supermercado y ventana indiscreta. Seguimos estudiando y trabajando, pero todo virtual: hasta la misa la vemos por YouTube. Estamos llenos de actividades recreativas virtuales; hemos preparado pizza, jugamos bingo por Zoom, hasta nos alineamos con yoga por Meet. Si Orwell nos viera… aquí tienen el Gran Hermano: conversaciones sin “buenos días” ni “buenas noches” transcurren a temporalidades que no requieren la...

Tadzio tardío 1

  Miércoles, cuatro de la tarde. Mi teléfono está a punto de estallar. Vibra, suena, alumbra, se descarga. Huracanes de notificaciones , entrevistas, viajes, invitaciones, colaboraciones. Nuevos seguidores en Instagram , Facebook y Twitter . Me han invitado a la Convención de letras de las Américas que tratará sobre las conexiones entre literatura y tecnología. Voy rumbo a la hirviente Tegucigalpa. Aún faltan unos cuantos días para el evento, pero me espera Omar, un hondureño que conocí hace unos meses en Bogotá. Serán mis ojos de turista, pero todo en Centroamérica me encanta: los acentos, los colores, el mar, los ríos, los volcanes, la comida, la gente, el humor, la fiesta… me quedaría a vivir en la Isla de Flores, entre hippies, extranjeros e indígenas.                                                        *** El hotel no está mal y menos a...